Meritxell Martorell, fundadora de Yoga Sin Fronteras

Meritxell Martorell es profesora de yoga, periodista, viajera y fundadora de Yoga Sin Fronteras.

Con 24 años ganó un concurso que la llevó a dar la vuelta al mundo. Tras esa experiencia y trabajando como periodista freelance descubrió la práctica del yoga. Esta disciplina aportó paz y equilibrio a su ajetreada vida. 

Meritxell ha estudiado casi 1000 horas de yoga, ha impartido clases en distintas escuelas del mundo y con distintos colectivos. Ha trabajado como profesora de yoga con refugiados, mujeres maltratadas, personas de la tercera edad, gente con adicciones y niños en orfanatos. 

Yoga Sin Fronteras es una asociación sin ánimo de lucro. Su objetivo es hacer del yoga una práctica accesible a todo el mundo, especialmente a los colectivos vulnerables y en riesgo de exclusión social. Los beneficios del yoga están demostrados y la intención es compartirlos con quienes más los necesitan. Combinando ejercicios físicos y mentales se reduce el estrés, generando serenidad y relajación del cuerpo. De cualquier cuerpo. Porque el yoga no entiende de edades, ni de sexo, tampoco de clases sociales. Lo más importante del yoga es la unión entre tú y tu respiración, la unión entre tú y los demás, la unión entre tú y el todo. 

Yoga Sin Fronteras nació en Tanzania cuando Meritxell decidió dar una clase de yoga a los niños de un orfanato en el que colaboraba. La clase les encantó y al día siguiente le pidieron más. Desde entonces imparte clases de yoga gratuitas a colectivos vulnerables. Este proyecto que empezó de forma improvisada, ha sembrado alguna semilla y ha conseguido mejorar el día de algunas personas. 

El objetivo es dar clases con regularidad y ofrecer esta herramienta a las personas que más la necesitan. Creen firmemente que prestándoles atención y respirando juntos podemos llegar a cambiar sus vidas.

¿Cómo podemos colaborar con Yoga Sin Fronteras?

Hay diferentes formas de colaborar con la asociación. Desde el voluntariado, si eres profesor de yoga, formándote con nosotros a través de diferentes cursos, talleres, formaciones y retiros, haciéndote socio y colaborando con una donación e incluso adquiriendo nuestro merchandising creado junto a Shambhala Barcelona (camisetas, sudaderas, etc.) en nuestra tienda solidaria.

Tenemos una red de voluntarios y, gracias a ellos podemos compartir el yoga con más personas, más entidades y llegando a diferentes colectivos 

Una parte de los beneficios derivados de nuestras formaciones ayudan a seguir con el proyecto social. Si no fuera por ellos sería muy difícil conseguir fondos y financiación, así que gracias a esas formaciones, cursos, talleres y retiros logramos seguir adelante con nuestra misión. 

En Yoga Sin Fronteras damos diferentes vías para que cada persona elija la que le vaya mejor.

¿En qué ciudades encontramos Yoga Sin Fronteras?

Trabajamos sobre todo en Barcelona que es donde está la base, también en Madrid y a partir de ahí vamos creciendo. Hemos hecho colaboraciones en el País Vasco en Mallorca, en distintas ciudades de Cataluña… La misión es que podamos llegar a más personas y tener una regularidad.

¿Cómo mantienes el equilibrio cuando hay mucho ruido alrededor?

Llevo años practicando yoga, meditación, soy profesora, pero a veces me cuesta encontrar mi espacio, sobre todo ahora, que he sido madre. He elegido un método de crianza que requiere apego, pasar mucho tiempo con mi hijo porque para algo he decidido ser madre, así que entre la maternidad, la ONG, las responsabilidades diarias… Aunque sean cinco minutos al día cierro los ojos, respiro, utilizo alguna técnica de meditación para volver al presente y traer la mente de vuelta cuando se va. 

A veces es tan sencillo como sentarte, cerrar los ojos, respirar, parar el ruido que hay alrededor a través de las redes sociales y de tantas distracciones. Ahí intento encontrar mi equilibrio.

Una clase en un centro de Barcelona o Palma y una clase en un centro de refugiados en Palestina. Como profesora, ¿qué objetivo persigues en una y otra práctica?

El objetivo al final siempre es el mismo. El poder ofrecer algo en lo que creo realmente. El yoga es una herramienta terapéutica. Tanto se lo merece una persona en un centro de refugiados en Palestina como una persona que vive en Palma. Las similitudes son muchas más que las diferencias. Todos buscamos lo mismo. Todos buscamos el silencio, la paz, el bienestar. Lógicamente las clases van a ser distintas, eso está claro, pero el objetivo es el mismo. El que disfruten de la práctica del yoga y se olviden del ruido mental, de sus problemas, de su pasado o su futuro y que vuelvan al presente, que se escuchen, que miren hacia adentro en un momento en que casi nadie lo hace.

Una mujer maltratada tiene que volver a construirse cuando empieza una nueva vida lejos de su agresor. El yoga es una potente herramienta para aprender a observarse, tomar conciencia de uno mismo y conectar con el cuerpo, bajar los niveles de estrés y ansiedad ¿Cómo son recibidas tus propuestas de clases para este colectivo en las instituciones? 

Tenemos especialistas, así como un curso que se llama Yoga para la inclusión donde precisamente hablamos de cómo enfocar las clases a los distintos colectivos. El objetivo sí es el mismo, las clases no. No es lo mismo cuando una persona ha sufrido un trauma. Existe un yoga sensible al trauma y hablamos de este yoga. Las mujeres que han sufrido violencia de género han vivido una situación traumática, por lo tanto, hay que saber tratarla, hay que saber enfocar esa clase de yoga. 

En el yoga para la inclusión o en el yoga sensible al trauma no hacemos ajustes si no nos los piden. Respetamos el espacio personal, el cuerpo. No todo el mundo está capacitado para dar una clase a refugiados o a mujeres que han sufrido violencia de género. 

En una clase de yoga inclusivo el profesor escucha las necesidades de la persona, se adapta a ellas, observa, no hay ajustes, no hay música… son diferentes técnicas que en una clase de yoga convencional.

Nuestros profesores siempre están acompañados del terapeuta o de la persona encargada de la entidad, del centro social o el lugar donde estemos trabajando. Si es una institución de salud mental, hay terapeutas que nos acompañan, ya que conocen mejor a los usuarios y de ellos aprendemos, escuchamos las necesidades. No debemos olvidarnos, que, por mucho que queramos solidarizarnos, nosotros somos profesores y vamos a ayudar desde donde podamos, pero siempre escuchando al terapeuta o especialista encargado del centro.

¿Somos tan solidarios cómo nos creemos? ¿Por qué nos cuesta ayudar? ¿Tenemos miedo?

Yo no pienso que nos creamos solidarios. Si es así es bastante escandaloso. No es que no seamos solidarios, lo que espero es que no nos creamos tan solidarios. Cuesta bastante ayudar. Muchas veces por falta de tiempo, desconocimiento o, más que eso, porque es mucho más fácil mirar para otro lado. Cuando vemos un anuncio donde aparece una realidad que no nos gusta, no queremos conocer la realidad de lo que está pasando. Tenemos la oportunidad de informarnos, sabemos que en el mar Mediterráneo están muriendo a diario muchas personas, pero no terminamos de empatizar con esto. 

No nos culpo, no culpo a nadie. Llevamos un estilo de vida tan ajetreado, con tantas responsabilidades, somos una sociedad tan individualista, tan consumista, tan desconectada de los valores de verdad de la humanidad que no le damos importancia a lo que está pasando. 

Tengo confianza en que el ser humano, en el momento en que se da cuenta realmente de estas situaciones (como ejemplo mi experiencia, cuando fui a Lesbos como periodista para el programa de Cuatro «21 días de Lesbos a Colonia” y me dije: aquí tengo que volver y ayudar de verdad, no simplemente informar. Quise volver como profesora de yoga para ofrecer algo en lo que yo creía y a servir). Hasta que no ves con tus propios ojos esa realidad, nos cuesta más empatizar.
¿Tenemos miedo? Por supuesto que también tenemos miedo. Miedo a no hacerlo bien, a lo desconocido. Nos da miedo porque somos vulnerables. Sabemos, en el fondo, que cualquiera de nosotros puede estar en esta situación un día u otro. Puede que el miedo sea un factor, pero, sobre todo, la desconexión que tenemos. 

¿Qué es la compasión? ¿Podemos entrenarla?

La compasión es un sentimiento humano. Es comprender el dolor ajeno y empatizar con él desde el amor. Debe producirse de forma natural. 

No sé si se puede entrenar. Al final, cuando ves una realidad que no estás acostumbrada a ver es cuando despiertas, por lo tanto, siendo más conscientes tal vez, practicando más yoga, mirando más hacia dentro y no tanto hacia fuera, cuando nos entendemos a nosotros mismos como seres humanos, entonces podemos entender también al otro. El problema es que estamos tan desconectados de nosotros mismos, de nuestro dolor, que tampoco podemos empatizar con el dolor ajeno. El trabajo empieza en uno mismo y esto es lo que el yoga nos repite. Primero hay que trabajarse, mirarse. Cuando tú te miras, cuando entiendes tu dolor, tu vulnerabilidad, cuando entiendes tu naturaleza probablemente entonces puedas entender la naturaleza del otro. 

¿Cómo vive la Organización esta pandemia?

Crecimos bastante en la pandemia. Nos vino bien en el sentido de que nos especializamos en las formaciones y cursos online, y esto nos permitió poder financiar la parte social y seguir creciendo. Pero fue una pena porque algunos de nuestros voluntarios y voluntarias tuvieron que pausar el voluntariado. La parte positiva, por así decirlo, fue que empezamos a crear este contenido online que se ha quedado y ahora es una de las bases más importante de Yoga Sin Fronteras. La parte negativa o triste es que no hemos podido estar en contacto con el usuario y esto, a nivel de salud mental está afectando a muchísima gente y, sobre todo a las personas con las que trabajamos, ya que muchas de ellas están en algunos lugares encerradas como puede ser una cárcel, por ejemplo. 

El contacto físico es necesario, el poder estar con una profesora de yoga o en general, el poder abrazarnos, compartir, estar presentes… eso nos lo hemos perdido, pero como todo el mundo. Esto seguro que tiene unas secuelas a nivel de salud mental. Más que nunca es necesario seguir practicando yoga, meditación y mirar hacia dentro.

Después de viajar por 60 países, ¿qué nos une a todos? ¿qué tenemos en común?

Todos somos lo mismo. Todos buscamos lo mismo. Buscamos la felicidad, por así decirlo, pero la seguimos buscando fuera. La felicidad está dentro y esto es lo bonito que se aprende muchas veces en culturas asiáticas, en la religión budista, en el hinduismo. Son culturas y religiones que invitan más a esa reflexión de mirar hacia dentro. Todos somos mucho más parecidos de lo que nos creemos, con nuestras diferencias culturales, gastronómicas, religiosas, pero todos somos uno y todos estamos aquí por lo mismo.

Creo que el ser humano, cuando se de cuenta de verdad de que todos somos iguales -y, si seguimos practicando yoga puede ser una herramienta muy bonita para darnos cuenta,- el mundo probablemente será un lugar más justo y dejarán de pasar las barbaridades que pasan por el egoísmo, el capitalismo, el individualismo… 

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